Se habla mucho de la descomposición del tejido social como una causa de la problemática de violencia e inseguridad que se vive en la actualidad. Los efectos de la delincuencia nos llevan a cuestionarnos cómo construir capacidades personales y sociales que dirijan el rumbo hacia una convivencia pacífica. El tejido social se puede entender como el grupo de individuos que comparten un espacio determinado e interactúan y se relacionan procurándose ayuda mutua para solventar sus necesidades. Las personas que conviven en un mismo lugar van teniendo actividades y experiencias en común que las identifican y las unen para tener un sentido de pertenencia y formar comunidad.
La falta de oportunidades de trabajo y desarrollo generan desarraigo y desplazamiento de la población lo que provoca pérdida de vínculos familiares como abuelos, tíos, primos y afectación en la cultura. La ausencia de estos lazos dificulta constituir una sociedad solidaria. Los vecinos pasan a ser desconocidos que inspiran desconfianza. La comunidad resulta extraña y se pierde la identidad y el arraigo. Este es un ejemplo de deterioro del tejido social. Si además le sumamos nula participación ciudadana, mala organización y desatención gubernamental se estarían generando condiciones para la violencia.
Hace un tiempo, las comunidades veían por el bienestar del pueblo y velaban por intereses comunes. Todos se conocían. Las ciudades empezaron a crecer y las personas comenzaron a ver sus intereses y realización personal. El sentido solidario se fue perdiendo y la gente se fue aislando. La violencia tiene su origen en un proceso de desvinculación social y existencial. Es necesario entender lo que ha ido afectando esta desconexión social para volver a la vinculación armónica para el buen convivir. ¿Qué transformaciones tendríamos que llevar a cabo? Tenemos que renovar las formas de relacionarse y propiciarlas. Sentirse parte de una misma cultura y generar este sentido de pertenencia tan necesario.
La construcción de centros comunitarios como las Plazas de la Ciudadanía y Centros Impulso, en específicas zonas de la ciudad, han sido de gran apoyo para que la población restablezca vínculos. Los talleres de capacitación para el trabajo y demás actividades que se ofrecen facilitan que la gente se vaya relacionando y se conozca. El trabajo multifuncional de estos centros eleva la calidad de vida de sus residentes. Las escuelas que propician el encuentro de padres y madres de familia y las iglesias, juegan un papel muy importante para el bienestar de las relaciones sociales de la localidad.
Aunque el origen de los habitantes sea diverso, se pueden ir construyendo tradiciones, generar formas de interacción y formar una nueva identidad comunitaria. Para fortalecer el tejido social y poder enfrentar los retos actuales se puede recurrir a la asociatividad que recomienda el sociólogo Raúl Atria, basada en una estrategia de cooperación y colaboración que sume esfuerzos para alcanzar el bienestar. Hay que priorizar la construcción de una sociedad encaminada al desarrollo y al trabajo por el bien colectivo.