Similar a una avalancha de nieve, a un soplo fuerte del viento, a un remolino de hojas que me hubiera sorprendido en la acera, al efecto expansivo de una onda sonora que se siguió replicando en mis sentidos trayéndome la música del mundo. Pudiera seguir enumerando los efectos que experimenté en mí al verte y tocarte, las sensaciones que se despertaron y desperezaron como flores tardías, o describirte el corazón mío que floreció confiado, él que, como un sabio girasol, giró hacia ti con el afán de entregarse entero.
Sé que no sería suficiente, no lo describiría, mas, ¿qué he de hacer? Echar mano de los ejemplos de mi mundo que son con los que cuento. Como resulta difícil la labor, recurro al sol, a los ríos caudalosos, al rayo que traspasa iluminando el cielo en una demostración de fuerza inaudita. A las capas tectónicas de la tierra que se acomodan cimbrando mis cimientos, replanteándome la dirección de mis pasos. Y después, quedamente, se detienen a tu lado, ¿A dónde caminaré? Realmente no me importa el rumbo, puedo hacerlo de frente, a derecha o izquierda, da igual. Lo que sí considero relevante es caminar contigo.
¿Cómo no recurrir a los ejemplos terrenos, si te has convertido en mi mundo, en una parte primordial de mis pensamientos? Sí, estoy de acuerdo, no te conocía, sólo te imaginaba, primeramente, te hice habitante de mis sueños, en ellos, te acunaba silenciosa, cuidaba de ti fuera de tu burbuja líquida de forma paralela. Te hablaba del cielo, te mencionaba a los ángeles, a esas criaturas incorpóreas que velan por nosotros sin hacer el menor de los ruidos, que tienen unas alas majestuosas con las que nos envuelven protegiéndonos del peligro, y muchas veces, conmovidos, enjugan nuestras lágrimas porque prefieren vernos sonreír. Mientras tanto, aprovechando la espera, de manera simbólica, depositaba mi amor en tus palmas pequeñas, porque después de mucho buscar, consideré que ese era el lugar más seguro.
Un rayo de sol que apareció de entre las nubes, una canción que entonaron las células de mi cuerpo, audible sólo para mi corazón, y él, cuando por fin te sostuve en los brazos, te la dictó en un susurro, que, si se escuchara, traducida en palabras, diría; “te quiero, cuánto, cuánto te quiero”.
Mis recelos contigo se descubren y bajan la guardia, experimento sorprendida caer, resquebraja mi coraza, descubriendo en mí una capa nueva, una hoja en blanco en la que hablaré de ti, en la que se escribirá en adelante, una historia nueva.