Largas colas de automovilistas esperan cargar de combustible sus vehículos fuera de las estaciones en Tennessee, Georgia y las Carolinas. El abasto de gasolina y diesel quedó suspendido hace días. 

Los norteamericanos conocen el origen de su espera involuntaria, de la disrupción en la distribución de diesel y gasolina provocado por un ataque cibernético. Esperan mientras otros ciudadanos del mundo alimentan la máquina de especulación más grande de la historia: las criptomonedas.

En Rusia un hacker ve en su computadora el sistema de distribución de una empresa norteamericana que distribuye combustibles. Con destreza interviene en la operación de los programas y siembra un “ransomware”  o virus que bloquea todo. 

En las pantallas de la empresa Colonial Pipeline aparece un mensaje, el mismo que se asomó en la comisaría de la policía de Washington o en algunas municipalidades norteamericanas: “Para abrir de nuevo su sistema tiene que pagar”. La exigencia puede ser de un millón de dólares o de 10, pagaderos en bitcoins. Una cantidad que la distribuidora podría pagar sin problemas y sería más económico que la cadena de desabasto originada por el bloqueo interno de sus servidores. 

Imposible comprar ese código y aceptar la extorsión. El Departamento de Estado y las agencias de inteligencia, el FBI y los especialistas sugieren que pagar el rescate de sus equipos secuestrados desde Europa del Este, sería un incentivo perverso que tarde o temprano atraería a hordas de bárbaros y criminales del ciberespacio. 

La advertencia del peligro que representan las criptomonedas a la seguridad mundial fue explicada hace años por los expertos. Abrir la puerta franca al bitcoin y hacerla moneda de circulación válida, no sólo crea burbujas de especulación, también permite la generación de un nuevo “Viejo Oeste” donde la única ley que se aplica es la extorsión. 

El problema de Colonial Pipeline puede mutar. De ser sólo “un negocio” como advirtieron los hackeadores anónimos, puede convertirse en un arma letal para terroristas. En los próximos días la distribución de combustibles quedará resuelta en el oleoducto de 8 mil 500 kilómetros que va desde Texas al noreste de los Estados Unidos. 

Al decir de la prensa norteamericana los controles de ciberseguridad de Colonial no eran robustos. Pero qué es confiable ahora sí las empresas especializadas en ciberseguridad sufren intrusiones. Incluso instituciones como el Banco de México han sido atacadas. 

Las criptomonedas, en particular el bitcoin, son instrumentos anónimos de pago para el tráfico de drogas, armas, personas y la extorsión a distancia. Según información especializada, más de la mitad de las empresas e instituciones afectadas pagan el rescate. Los criminales saben lo que hacen y calculan bien cuánto le cuesta a las víctimas dejar de operar y cuánto pagarían por la llave que los deja trabajar de nuevo. 

Los bancos centrales pueden cortar de un tajo esa nueva máquina de generar fortunas fantásticas y burbujas horribles para quienes entran al final de la fiesta. Tienen que hacerlo antes de que la implosión de los mercados tenga repercusiones en la economía real. Millones de “inversionistas” cuentan con ahorros que pueden desaparecer con una señal del Tesoro Norteamericano, con un acuerdo mundial para prohibir el canje de criptomonedas por monedas respaldadas por los bienes de las naciones. 

Janette Yellen, la arquitecta del resurgimiento Post Covid, habló con claridad para quienes quieren escuchar: “las criptomonedas no representan un valor intrínseco”. Están huecas pues. 

Pronto los bancos centrales crearán monedas digitales, siempre respaldadas por la productividad de las naciones, soportadas por los ejércitos como el norteamericano, el chino o los de Europa. 

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